
Noctámbulo recorro las calles solas y tristes
alumbrado por tu luz particular,
sonámbulo porque tú reíste.
apaciguado por tu soledad.
"Anonimo"
La vi de nuevo, estaba sentada en el mismo lugar de siempre, al final del pasillo, la parte más sombría de todo el salón; vestía jeans y una franela negra, fumaba de manera sublime, como cualquiera diva francesa, y nunca se quita la cola del cabello y sus lentes gruesos de pasta negra.
Creo que ya ha empezado a darse cuenta de que la observo, de que existo.
Mi nombre es Jean Jacques; mi padre era un idealista que amó la revolución francesa, esa es la pequeña historia de mi nombre. Soy un tipo anormal con un trabajo normal, algo esnobista, pero normal. Un día me cruce con el aceite, un pimentón, medio tomate y carne, supe que seria cocinero, eso hago por los momentos; en un restaurante de la Candelaria, en una de esas casas viejas, muy bien conservada.
Ella cena casi todas las noches allí, siempre va acompañada de Baudelaire y una caja de cigarros, escoge la misma mesa todos los días, y siempre con dos sillas, la otra continuamente esta vacía esperando a quien nunca llega.
Respiro tranquilo al final de la noche, luego de que ella paga la cuenta y la silla permaneció desocupada. Suelo preparar sus órdenes con un gusto especial, con un esmero infinito y con ese toque que le da el amor desconocido. Creo que le gustan, nunca regresa nada, ni critica, tampoco me ha enviado alguna felicitación, no me molesta, siempre y cuando el plato llegue libre de comida. De postre se que le gusta el chocolate, ayer le hice un profiterol digno de los dioses, como ella, una diosa de las que me ha comentado Benedetti. Lo disfrutó, se veía la sensación de placer en sus labios, y un orgasmo de paladar resaltaba de sus ojos.
No me atrevo a salir de la cocina a conocerla, no me da vergüenza, suelo no tener esos problemas, pero ella me pone intranquilo, hace que tartamudeé, no me gustaría quedar como un idiota, las primeras impresiones son un problemas, nunca se pueden repetir.
Así estuvimos muchos meses, ella deleitando sus sentidos con mis comidas y yo mis ojos con su presencia, y la silla a su lado, vacía, hundida en la negrura del sitio más oscuro de todo el salón.
Las noches que no se presentaba a nuestra cita cotidiana, a nuestra cita no programada ni planificada, eran un desastre, mucha sal, poca pimienta, muy cocido, demasiado crudo. No podía trabajar sin inspiración, siempre he creído que soy un artista, que huele a cebolla, a ajo y curry, a pescado, pero un artista. Mi musa nunca serán los sartenes, menos las ollas.
Después de un año no nos habíamos aburrido de las citas, ella seguía con su rutina, con Baudelaire, con el cigarro, con la silla libre, y yo la seguía complaciendo, era una relación maravillosa, a distancia, pero algún día tenía la seguridad que de alguna manera pasaría más allá.
Como suele pasar en mi vida, no tenía la razón, y un día esa silla recibió el trasero de alguien; uno mayor que ella, de pantalón negro, y manchado de colores, inferí que era pintor, claro, alguien como ella no escogería un gerente, ni un ejecutivo. La maldita silla me había traicionado, no había a nadie mas a quien culpar, fue ella la silla, se canso de tata soledad, de no recibir a nadie, y la convenció a ella de traer a otro. Si lo hubiera sabido la habría complacido, sentándome todas las madrugadas a beber vino y leer, pero nunca me percate de su soledad.
Ella ordeno osobuco con vegetales, por primera vez lanzo una mirada fugaz a la cocina; y él un bonbocone, mi plato estrella. Seguro ella se lo habría recomendado. Me llene de ira, rabia, odio, temor, una mezcla de sentimientos, sensaciones y deseos que no lograba controlar. Empecé a golpear los cuchillos, los platos, hasta que un compañero logro calmarme con algunas cachetadas. Y fue en ese momento que mis ojos se posaron en el veneno, la cocina estaba infectada de ratas y habían contratado un grupo de exterminadores para eliminarlas. Prepare ambos platos con mucha dedicación, el osobuco quedo excelente después de un horneado con algo de parmesano, y el bonbocone lo bañe en salsa de pimientos rojos la cual había condimentado con dos pizcas de sal, un toque de pimienta y tres cucharadas de ponzoña, estas las cubrí muy delicadamente con algo de albahaca fresca y una ramita de orégano.
El mesero llevo los platos, que fueron devorados, ella con su manera única de comer con todo el cuerpo, y él como cualquier fiera alimentándose de su presa. Ella clausuro esa cena con un sambuca flambeado y el con un café y edulcorante, en ese instante palideció, volteo los ojos al infinito y cayo al suelo como un costal.
Ella asustada comenzó a gritar por ayuda, y salí, por primera vez caminaba hacia ella, en medio del terror se veía hermosa. Y solo logre pronunciar unas pocas palabras:
- La silla lo trajo, no debiste escucharla, no habría pasado nada de esto, lo siento mi amor.Ella entendiendo muy bien lo que decía, se levanto del suelo, dejando al cadáver solitario, me miro a los ojos indignada:
- Esa silla siempre estuvo esperando por ti, cobarde, nunca tuviste valor de salir a ocuparla, y acompañarme. Acabas de asesinar a mi hermano.Ahora aun sigo cocinando y oliendo a cebollas, pescado y ajo, a veces escribo, de vez en cuando y si no tengo las manos rotas. Ya no es un sitio tan bueno como antes, es mas grande, con mas gente y menos privacidad, pero intento seguir siendo un buen cocinero.
Jean Jacques Alarcón
Centro Penitenciario “Cárcel de Yare”
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